El terremoto fue geológico pero la réplica fue psicológica
Actualizado: 2 sept

El 10 de agosto de 2026, cuando ocurrió el terremoto, yo no estaba en Cali. Estaba en mi ciudad natal, visitando a mis padres.
Allí también sentimos el movimiento, aunque no con la misma fuerza con la que sacudió a Cali. Aun así, la distancia no logró protegerme de la angustia.
Recuerdo que el piso vibró apenas unos segundos, pero bastó para que todos saliéramos a la calle con el corazón acelerado. En medio de la confusión, miré a mi familia, encontrándose en silencio; había en ellos una mezcla de susto y resignación, esa expresión profunda de quienes han aprendido a fuerza de los años a reconocer que la vida puede cambiar en un instante.
Intentaba mantener la calma, pero algo dentro de mí se encogía. No era solo el temblor; era la necesidad urgente de saber si quienes apreciaba estaban bien y la impotencia de no poder llegar a ellos.
Tomé el celular para llamar a mis familiares, amigos y colegas en Cali, pero la señal estaba caída. No entraban ni salían llamadas, y ese silencio tecnológico se convirtió en una angustia profunda donde la mente empieza a imaginar lo peor cuando no tiene información.
Entonces, me quedé allí en la sala de mis padres, mirando la pantalla del teléfono como si pudiera obligarlo a funcionar.
Pensé en mi casa en Cali, en mis pacientes, en mis amigos. ¿Estaban bien? ¿Había daños? ¿Había heridos? ¿Mi vivienda seguía en pie? ¿Era una de las afectadas? La impotencia de no saber se me instaló en el pecho como un peso difícil de respirar.
“A veces la distancia no es geográfica, sino emocional.”
Mientras las horas pasaban, en las noticias empezaron a llegar imágenes de edificios agrietados, personas corriendo y familias abrazándose en medio del caos. Yo estaba físicamente lejos y sentí que algo dentro de mí también se quebraba en el que cada escena me acercaba a Cali de una forma dolorosa; sentía la angustia de quienes estaban allí y, al ver la ciudad sacudida, algo dentro de mí también parecía resquebrajarse.
“Lo que vivimos mostró que el terremoto fue geológico, pero la réplica fue psicológica, removiendo miedos antiguos y la sensación de fragilidad."
Ese día entendí que el terremoto no solo movió estructuras en Cali, sino que también movió estructuras internas en quienes amamos esa ciudad, en quienes tenemos allí nuestra vida, nuestros afectos y nuestra historia.
Sé que los desastres naturales no solo despiertan el miedo al daño físico, sino que también remueven memorias profundas como la sensación de desamparo, la fragilidad de lo cotidiano y la certeza de que aquello que parecía estable puede quebrarse sin previo aviso.
Desde ese reconocimiento, aunque doloroso, no pude mirar únicamente los daños materiales; lo que vi fue un país sacudido también en su núcleo emocional.
Después de una experiencia de este tipo, es común que aparezca una angustia difícil de definir, como la sensación persistente de que algo terrible podría volver a ocurrir.
El cuerpo puede permanecer en estado de alerta, provocando un sueño ligero, sobresaltos ante cualquier ruido y una vigilancia constante, incluso cuando ya no existe un peligro inmediato.
También puede cambiar la forma en que se percibe la seguridad. La casa, el barrio y la rutina que antes parecían normales y estables, pueden sentirse de pronto frágiles e inciertos.
A esto se suma en algunos casos, una mezcla de culpa y confusión, especialmente cuando surge la pregunta de por qué uno está bien mientras otras personas no lo están.
El duelo, entonces, no se limita únicamente a las vidas perdidas, sino que también abarca la pérdida de estabilidad emocional y de esa sensación de confianza que antes sostenía la vida cotidiana.
El terremoto activó memorias profundas en muchos como traumas pasados, miedos infantiles y experiencias de abandono.
“El terremoto nos confrontó con algo que solemos evitar: la certeza de que no controlamos todo.”
Aunque reconocerlo puede ser doloroso, también puede abrir un camino de crecimiento emocional cuando esa experiencia se acompaña de manera adecuada.
No se trata de borrar lo sucedido, sino de poder hablar de ello, comprender qué movilizó en nosotros y encontrar una manera de continuar.
Tal vez estabas en Cali y lo viviste de cerca. Tal vez estabas lejos, pero el miedo también llegó hasta ti. Tal vez tu casa no sufrió daños, pero tu tranquilidad sí. Tal vez sigues adelante, funcionando como puedes, mientras cargas en silencio algo que aún no sabes cómo soltar.
Si algo dentro de ti cambió desde ese día, no tienes que sostenerlo en soledad. La psicoterapia puede ser un espacio seguro para poner en palabras lo vivido, escuchar al cuerpo y permitir que las emociones encuentren una forma más amable de reorganizarse.
A veces, después de que la tierra deja de moverse, lo que necesitamos es un lugar seguro donde podamos empezar a poner en palabras todo aquello que todavía se está moviendo dentro de nosotros.
Estoy aquí para escucharte.

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